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Opinião

Los Andes y las conchillas del diluvio universal

Ricardo N. Alonso, Doctor en Ciencias Geológicas

Uno de los tantos enfrentamientos dialécticos entre creyentes y no creyentes rondó en torno a las ideas sobre un diluvio universal. Para unos, los que pensaban en un castigo de Dios a la humanidad, estaba claro que hubo un escarmiento divino capaz de aniquilar a un porcentaje mayor de la raza humana y a la mayoría de las especies animales.

Los otros tomaron en broma esta historia que incluía un mandato superior y a un hombre que debía llevar adelante la misión (Noé y su arca), capaz de salvar a un reducido grupo de humanos y animales para usarlos de semillas de la nueva regeneración planetaria de la vida. Leonardo Da Vinci fue uno de los primeros en descreer del diluvio en base a sólidos argumentos que de todos modos fueron escritos de manera de no molestar a las posturas dogmáticas establecidas. El famoso anatomista y paleontólogo francés Georges Cuvier, quien fue el primero en describir y clasificar a nuestro gran perezoso extinto de las pampas al que llamó Megatherium, fundó para la ciencia la doctrina del catastrofismo. Basado en sus estudios sobre las rocas terciarias de la cuenca de París (que más tarde constituirían la tesis de Teilhard de Chardin), Cuvier definió numerosos pisos del periodo Terciario.

El periodo Cuaternario, llamado también el periodo del hombre o antropozoico, pasó a considerarse como formado por el diluviano, o sea los depósitos del tiempo sincrónico del diluvio, el cual quedaba entonces precedido por un periodo antediluviano y también por un periodo más reciente posdiluvial. Esta calificación enraizó muy fuerte hasta un punto tal que todavía hoy se escucha hablar de "animales antediluvianos"; en una clara connotación a seres extintos, fósiles, que vivieron antes de ese gran evento catastrófico, que por otra parte nunca existió como tal. El hallazgo de grandes huesos fósiles en los terrenos "antediluvianos" fue atribuido a una raza de gigantes humanos que pereció en el fangal. La causa, entre otras, el haberse entregado a vicios nefandos que desataron la furia del Creador y, por tanto, no encontraron lugar en el arca de la salvación.

Sabemos con certeza que esos huesos no pertenecieron a humanos y que en todos los casos resultaron ser partes del esqueleto de algunos grandes mamíferos de la megafauna cuaternaria, tales como mastodontes o megaterios, entre los más abundantes. Cuvier, decíamos, estableció como cierto que a lo largo de la historia de la Tierra hubo una serie de catástrofes que extinguieron las formas de vida entonces existentes. Esto quedaba claro, según él, cuando se estudiaba la cuenca de París en donde estaban representados los principales pisos del periodo Terciario, entre ellos el Eoceno, Oligoceno, Mioceno y Plioceno, a los cuales ayudó a definir y nominar. Cada uno de estos representaba una forma de vida distinta, aunque en una escala ascendente de mayor complejidad, que terminaba abruptamente y daba paso al periodo subsiguiente.

Estas ideas agradaron a la iglesia, ya que estaban en sintonía con el diluvio bíblico. Por otro lado, el hallazgo de conchillas marinas en las más altas cumbres de los Andes, señaladas ya desde la época colonial, reafirmaba la idea universal del diluvio, ya que no solamente había sido "probado" en la región europea, sino también al otro lado del Atlántico. Claro que, en este caso, las conchillas marinas habían llegado desde el fondo oceánico a las más altas cumbres por las fuerzas orogénicas que elevaron los Andes y no precisamente por la subida de las aguas hasta "tapar los más altos montes", como rezaba la tradición. Cuvier reinaba con su ciencia en Francia e imponía el catastrofismo como doctrina. Del otro lado del canal, en Inglaterra, Charles Lyell pensaba distinto. Para él, no había cambios bruscos sino un gradualismo: las fuerzas de la naturaleza habían actuado siempre como lo hacían en el presente y, más aún, con la misma intensidad.

Actualismo y uniformismo eran los principios sobre los cuales se sustentaba esa filosofía. Lyell, autor de la primera obra de síntesis sobre las ciencias geológicas, influirá sobre un joven geólogo que hará cambiar la forma de ver la naturaleza luego de su viaje alrededor del mundo en el navío Beagle que estaba al mando del almirante Fitz Roy. Ese joven, Charles Darwin, llegó a América en la década de 1830 con dos de los tres volúmenes de la obra de Lyell y gracias al enfoque que ésta tenía sobre el tiempo profundo y las ideas de actualidad y uniformidad pudo llevar adelante una revolución en el conocimiento de las floras y las faunas que nos precedieron, en su evolución y en su transformación en el tiempo.

Cuvier desde Francia hizo lo propio con su avezado y avanzado discípulo Alcides D'Orbigny, cuyo viaje a la América del Sur, unos pocos años antes que el de Darwin, tenía como misión encontrar las pruebas de una sucesión de catástrofes, sincrónicas de las europeas, que a lo largo del tiempo habían extinguido las distintas formas de vida y luego de las cuales se producía un reemplazo por nuevos seres. Más allá de lo que pudieron probar a favor o en contra de esas ideas, lo cierto es que ambos viajes fueron fenomenales para el desarrollo de las ciencias naturales en América y en el mundo. Finalmente, Cuvier fue dejado de lado y triunfó el pensamiento de Lyell y Darwin.

Por casi un siglo y medio, las ideas catastrofistas se fueron al balcón de los recuerdos e incluso era mal visto en la academia si alguien las defendía o impulsaba. Sin embargo, en los 80 el premio Nobel de física Luis Alvarez y su hijo el geólogo Walter Alvarez descubrieron una elevada concentración del elemento iridio mientras estudiaban rocas marinas en Italia. Dicha concentración tenía 65 millones de años de antigedad y -­oh sorpresa!- coincidía con la extinción de los dinosaurios y otras formas de vida. Un trabajo fino en rocas de la misma edad, en distintos lugares del mundo, mostraba la misma anomalía en iridio y otros elementos químicos afines: los platinoides.

Dado que el iridio está concentrado en los meteoritos y deprimido en la corteza terrestre, cabía pensar que para esa época una lluvia cósmica de asteroides había impactado la Tierra, generando sismos que alcanzaron una magnitud de 11 y dado lugar a tsunamis con olas marinas de kilómetros de altura. La misma "firma" de concentración de elementos cosmogénicos empezó a aparecer en rocas más viejas y también más jóvenes que aquellas. Todo parecía indicar que hubo catástrofes cósmicas sucesivas que eliminaron las principales formas de vida. Hoy se ha dado en llamar a esa teoría "Neo-catastrofismo", y la figura de Cuvier volvió a renacer de las cenizas aunque con un nuevo ropaje.

El Tribuno - 19/12/2011
 
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